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Fuente: diario “Los Andes”, Mendoza 

Fecha: 29 de Septiembre de 2002

 Los puesteros que resisten en las tierras de los malayos

Teresita Sancho corresponsaliasur@losandes.com.ar   

De tanto andar, conocen todos los recodos del camino, huellas abiertas a pura pisada. Con sólo observar la dirección del viento, saben los cambios del clima y hasta reconocen cada ruido que se produce en el silencio casi sepulcral. En ese puesto en el corazón de la montaña, se criaron los cinco hermanos Díaz. Y ni en sus más amargas pesadillas se les representó lo que hoy les está ocurriendo: "Nos quieren echar, nos piden que dejemos todo y nos vayamos porque unos malayos compraron estas tierras", dice Ricardo (42), el mayor. 

Cómo lo iban a imaginar, si hace 26 años que sus padres llegaron al lugar y trabajaron sin descanso hasta transformar el desierto en oasis. "No había nada, ni una planta", cuenta y señala los sauces, durazneros, manzanos, perales y damascos que rodean la humilde casa. 

Basta mirar alrededor, hasta donde la vista alcanza, para saber lo que lograron: una isla llena de vegetación rodeada de tierra seca y flora autóctona, a 30 kilómetros de Malargüe y a 3 al norte de la ruta 40- . Nada allí fue fácil. "La forestación es muy complicada porque el terreno está formado por piedras", aclara Hugo (26).  

Necesitaron mucho ingenio para que las plantas no murieran de sed. La única forma era bajar agua de un arroyo que nace en lo alto de la montaña. Armaron una cañería de más de mil metros de extensión, que sube y baja serpenteando los cerros. Otro sistema semejante idearon para el consumo familiar, pero en este caso trasladando agua de una vertiente cercana. 

En la casa -de tres ambientes con pisos de cemento y techos de barro y tablas- cuentan con lo indispensable. Una pantalla solar provee la energía eléctrica y la cocina se alimenta con gas por medio de una garrafa.

 Todo estaba bien para la familia hasta el 21 de enero pasado, cuando les arrancaron unos carteles en el ingreso al puesto -sobre la ruta nacional 40-, donde anunciaban un emprendimiento de agroturismo. "Sin ninguna explicación, un hombre que dice representar a los nuevos dueños y la gente de Gendarmería se los llevaron".

 Al otro día escucharon por radio, la única conexión que tienen con el exterior, que un grupo de inversores malayos había comprado esas tierras. "Inmediatamente nos fuimos a Malargüe y compramos los diarios para averiguar", relatan. Pero no se preocuparon porque "en al artículo decía claramente que los compradores iban a respetar la propiedad de los puesteros".

 La esperanza duró poco: el 11 de marzo les llegó una notificación de desalojo, en la que les daban 10 días para presentar pruebas sobre la titularidad de la tierra. "Es nuestra, si todo lo que hay lo hicieron mis padres y nosotros", afirma convencido Hugo. Aunque no tienen documentación que pruebe que ese terreno les pertenece, no aceptan pagar un alquiler, como el resto de los puesteros. 

Desde ese momento, la vida de los Díaz cambió. Llevaron el caso a la Justicia y entre papeles, asesores y abogados, fueron aprendiendo sus derechos. "Conocemos el expediente de memoria, las palabras que no entendemos las buscamos en el diccionario", dicen.

 La venta de chivos, sustento de la economía familiar, les alcanza para sobrevivir, pero los tres varones sentían deseos de superarse e idearon un proyecto: Llevar turistas al puesto y enseñarles a disfrutar los placeres de la montaña. Así, el año pasado, comenzaron los arreglos. Un cartel en la puerta de la casa es la prueba. Con viejos eslabones de cadenas escribieron: "Bienvenidos".  

Los Díaz explican la situación de los otros puesteros que están en la zona: "Ya arreglaron con Nieves de Mendoza (la firma que adquirió los terrenos). Les cobran el 10% anual de la producción de animales, así sacan unos 2 mil pesos por puesto".

 Por eso sienten que están luchando contra la corriente. "Tenemos que defender lo argentino. A nuestros vecinos no les interesa la nacionalidad", dicen. Ellos confían en la Justicia "por más dinero que tenga esta gente, se tiene que cumplir con la ley. Ninguno de nosotros va a dejar de trabajar".       

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